Febrero.

Llegas con un insomnio desmedido, congelando el alma y prendiendo el corazón.

O viceversa.

Llegas poniéndolo todo patas arriba, y ya he perdido la cuenta de cuántas veces me has hecho cambiar de opinión. Síes y noes que se abrazan sin querer soltarse nunca.

Maldita y dulce ambivalencia.

Y es que yo ya no sé si eres mes o personas. Pero llegas con una mezcla explosiva.

De miedo.

Y ganas.

Y es que, esta vez, aunque sigas siendo invierno, jamás será más primavera que contigo.

Pero.

Que puede parecer que tenga el alma congelada, inmóvil, de piedra. Pero sólo yo sé a que ritmo me late el corazón cada vez que te pienso.

Que puedo salir con mi mejor cara a comerme el mundo. Pero nada me apetece más que tus brazos rodeándome.

Que puede parecer que ya no tengo ningún tipo de sentimiento hacia con quien he compartido tanto. Pero no me culpes, ni te quedes solo con lo que ves u oyes, que soy Aries y tú mejor que nadie sabes cómo somos. Cabezones y orgullosos.

Que puedo hacer creer, y creerme, que ya me he olvidado de ti. Así, tan fácil, tan pronto. Pero mi monólogo interior nunca piensa lo mismo y he perdido la cuenta de las noches que no he dormido intentando entender qué nos ha pasado.



Que te echo de menos.

Pero qué culpa tendré yo de haberme hecho fuerte con los años.

Y desengaños.

Sin fronteras.

La vida no espera por nadie. Si te caes, te levantas. Y si el techo te oprime, vuela.

Vuela alto.

Y así es como vuelvo aquí, de dónde nunca debí haber marchado. Mi refugio, mi vía de escape. Ese rinconcito donde puedo ser yo sin medida, sin frenos, sin ataduras. Donde mis dedos sacan de mi cabeza lo que mi boca nunca será capaz.

Este blog empezó hace mucho, mucho tiempo. Con otro nombre, otro diseño, y otras historias. De adolescencia. Y ahora, con algunos años y experiencias más, empieza una nueva vida. Una nueva etapa que llega cargada de ilusión y ganas.

Aquí encontraréis un cajón desastre. Como la vida misma.

Aquí empieza todo. De nuevo. Borrón y cuenta nueva.

¡Bienvenidos!